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Porque hacemos música

  • Writer: Uji
    Uji
  • Apr 15
  • 6 min read

El domingo pasado toqué un Dj set en la Bioferia (una feria de sustentabilidad acá en Buenos Aires). Era una tarde hermosa de otoño porteño, el sol bajaba detrás de los edificios, calorcito pero tampoco tanto. Y me encontré parado detrás de las bandejas, mirando la escena, mirando de verdad, captando varias cosas que pasaban al mismo tiempo. Una pareja bailando con los ojos cerrados. Un grupo de amigos riéndose, otros con sonrisas gigantes. Un niño de unos seis años cebado, subido al escenario bailando sin parar. Desconocidos cruzando miradas. Una mujer inventando una melodía sobre la música, otros que aplaudían la clave.


Tremenda escena.


Y en ese momento me llegó una sensación muy clara. Por esto hago lo que hago. Ese momento preciso y todo lo que estaba pasando en el público me confirmaban mis decisiones y todo el camino (sinuoso) que tuve que transitar como artista para llegar hasta ahí.



Llevo más de veinte años haciendo música de manera profesional, casi 40 desde que agarré el primer instrumento. Hubo períodos en que el camino era obvio: la ambición de mis primeros años hacía que no descanse, y en el proceso, los escenarios se hacían más grandes, las colaboraciones más interesantes, el mundo se abría. Pero también hubieron momentos en que las dudas le ganaban a las certezas. Música que nunca terminé, conciertos para pistas vacías, inseguridades, drama, poca plata, muchas horas.


Con el tiempo aprendí que no era el único, que para la mayoría de los artistas con cierto camino andado, nunca se llega a un estado de seguridad y certeza absoluta. Es difícil ser artista: estar comprometido con el arte y a la misma vez generar recursos, mantenerse erguido y a la misma vez vivir en el asombro. Pero la realidad es que la claridad y la duda nunca se cancelan, conviven, son dos caras de la misma pregunta profunda: ¿para qué sirve la música, realmente? ¿Y qué estoy haciendo cuando la hago? ¿A quién le importa?

Pasé años haciéndome esas preguntas no solo desde lo personal, sino también como investigador, mirando lo que distintas culturas han entendido sobre por qué los humanos hacemos sonido. Lo que encontré es que no hay una sola respuesta. Hay muchas motivaciones, y la mayoría conviven dentro del mismo artista al mismo tiempo.


Está la motivación del mismo oficio, el placer puro de resolver un problema musical, encontrar la textura justa, la transición que cae exactamente donde tiene que caer. Está la motivación de la expresión, la necesidad de decir algo que no cabe en el lenguaje. Está la motivación de la conexión, el deseo de tocar a alguien, de no estar solo en lo que uno carga. Está la motivación de la supervivencia, el dinero, la carrera, la maquinaria profesional de sostener una vida creativa. Motivaciones que tienen que ver con el ego, con el seducir, con el ser visto. Y después hay algo más difícil de nombrar. Algo que se parece más a una obligación. La sensación de que esto simplemente es lo que sos, y no hacerlo sería una traición a vos mismo. Una sensación de misión, identidad y destino todo mezclado.


Al final de cuenta son todas, en diferentes momentos y en diferentes cantidades. Y van cambiando. Las que están atadas al reconocimiento externo son reales pero frágiles, dependen de mercados, de algoritmos, de una industria que siempre está mirando más allá de vos hacia quien acaba de llegar. Vi artistas muy talentosos vaciarse persiguiendo esas motivaciones más allá de su vida útil. Y vi a otros (la mayoría) seguir haciendo música en circunstancias que no ofrecen ninguna recompensa externa, simplemente porque no podían parar.


Desde lo personal creo que como seres humanos tenemos la necesidad de expresarnos. El mundo imaginario, interior, emocional e intelectual necesita salir para afuera y conectar con el entorno y otros seres humanos para validarse y hacerse realidad. Desde lo más básico "tengo hambre mamá" hasta el compartir de nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestro proceso individual. Y ahí es cuando la música toma una dimensión aún más grande. La música es un idioma que logra expresar cosas que las palabras muchas veces no pueden. Expresa lo innombrable, lo inmaterial, lo efímero. Un acorde a veces logra expresar un duelo o alegría profunda donde las palabras no alcanzan. Y lo más mágico para mí de esto es que todo el mundo (hayan estudiado música o no) logra sentir e interpretar la música desde lo físico y lo emocional. Para quien estudia y se dedica a hacer música, aprender ese idioma es aprender a decir cosas intangibles pero verdaderas. Dedicar la vida a conocer y tener maestría sobre el idioma de la música me ayuda en lo personal a expresar lo innombrable, y a la vez a generar emociones y sensaciones en un público más amplio.


Lo que pasó el otro día para mí es una de las motivaciones más profundas, y no tiene tanto que ver conmigo. Amo cómo la música tiñe la realidad y puede generar una multiplicidad de experiencias, todas unidas por la misma vibración en el aire.


Ese momento en que un sonido compartido organiza múltiples realidades privadas en algo coherente (una multitud, un sentimiento, una presencia colectiva en el mismo aliento) es algo que la música hace y que casi nada más puede. No es magia, exactamente. Es más bien una propiedad fundamental de lo que es el sonido: se mueve a través de los cuerpos, bypasea la mente analítica, llega a lugares donde el lenguaje no puede entrar. Todas las culturas que han existido alguna vez hicieron música. No todas tuvieron escritura, ni agricultura, ni dinero. Todas tuvieron música. Eso dice algo sobre dónde vive esto en el animal humano.


Hay una manera de pensar al músico, que encontré de distintas formas en tradiciones del África occidental, los Andes y Java, donde el artista no es entendido como intérprete sino como canal. La música no se origina en vos; pasa a través tuyo hacia la comunidad. Tu trabajo es ser lo suficientemente practicado, abierto, presente para dejarla pasar limpia. Desde esa perspectiva, el trabajo no se trata de construir una carrera ni de expresarte. Se trata de convertirte en un mejor recipiente.


No sostengo esa creencia de manera literal/purista. Pero creo que contiene algo verdadero sobre cómo se sienten los mejores momentos en la música. Parado detrás de las bandejas el otro dia, mirando a la gente bailar mientras el cielo se ponía dorado detrás de los edificios, no estaba pensando en mí para nada. Era simplemente parte de algo que ya estaba pasando.


Las frustraciones, la duda, las sesiones que no van a ningún lado, no son el precio que pagás para llegar a los buenos momentos. Son parte de la misma práctica. Los momentos de claridad no borran las partes difíciles. Las contextualizan. Te recuerdan que la lucha no está separada del sentido. En cierta forma, es el sentido.


Quizás esa sea la respuesta más profunda a por qué hacemos esto. No porque la música sea nuestra. Sino porque por unos minutos, cuando todo se alinea, le pertenece a todos.



Una práctica


Antes de tu próxima sesión (antes de abrir tu compu, antes de tocar un instrumento) tomáte diez minutos y hacé esto.


Sentate en silencio y traé a la mente la primera vez que la música te tocó de verdad. No una canción que te gustó. Un momento en que algo pasó en tu cuerpo, en que el sonido llegó a algún lugar donde no tenía por qué llegar. Puede ser de la infancia. Puede ser un recital. Puede ser una canción que sonaba en la casa de otra persona y te paró en el medio de lo que estabas haciendo.


Quedáte con ese recuerdo unos minutos. Notá cómo se sentía físicamente, dónde en el cuerpo, qué calidad de sensación, qué te daban ganas de hacer.


Después preguntate honestamente: ¿hay algún rastro de ese sentimiento en lo que estoy haciendo ahora? No como estilo ni como referencia, como calidad de intención. Como razón.


No necesitás responder de inmediato. Solo dejá que la pregunta esté junto a tu trabajo. A veces lo más útil que puede hacer una pregunta es negarse a ser respondida rápido.



Lo que hay en el ecosistema


  • Estuve volviendo a las grabaciones de Ali Farka Touré, especialmente las sesiones con Ry Cooder en Talking Timbuktu. Hay algo en la manera en que Touré toca que se parece exactamente a lo que intenté describir arriba: música como canal, no como performance. Nada ornamental. Cada nota sostiene algo.


  • Releyendo La mística del sonido y la música de Hazrat Inayat Khan. Escrito hace más de un siglo, describe el sonido como el origen de toda creación y la música como el lenguaje más directo hacia lo trascendente. Resuena con todo lo que intenté decir en este ensayo, pero desde una tradición completamente distinta.


  • Estoy empezando a armar un nuevo liveset. Tengo la necesidad de romper con lo que venía haciendo y encontrar una nueva manera de expresarme.


  • En ECHOSYSTEM lanzamos el módulo on-demand de arreglos musicales. Si siempre sentiste que el arreglo era esa parte misteriosa (esa alquimia de tomar una idea y convertirla en algo completo), este módulo lo trabaja paso a paso. Está disponible en www.echo-system.xyz.



Lo que te llevó a la música, esa cosa complicada, no del todo articulable, estaba bien. Aunque haya cambiado con el tiempo. Aunque hayas perdido la forma original de lo que era. El hecho de que sigas acá, todavía haciendo cosas, significa que seguís en conversación con ese primer impulso. Y esa conversación es el trabajo.


Uji


 
 
 

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